Los trabajadores mandan.


De vez en cuando los profesionales de la salud (como casi todos los profesionales) necesitamos una bajada de ego hasta que éste tome tierra. Muchos de los que nos ocupamos de la medicina del trabajo tenemos una concepción de nuestro ámbito laboral tan compleja y multifactorial, que a veces resulta una tarea desalentadora. El tipo de actividades realizadas, la ergonomía, las relaciones entre compañeros, la jerarquía laboral… siempre están en nuestra mente pero bajo nuestro propio prisma. Alardeamos de escuchar a los pacientes, pero algunas veces nos sorprendemos cuando, fuera de la consulta, la realidad es muy distinta.

Estos dos artículos se basaron en una premisa tan sencilla como preguntar a trabajadores con dolor lumbar sus preocupaciones y pensamientos acerca de su problema y sobre sus experiencias con las modificaciones realizadas en el trabajo como consecuencia de su dolencia.

Así, encontramos perlitas que deberíamos tener en cuenta en nuestra actividad, como que los consejos pueden crear una predisposición (“Me dijeron que siguiese trabajando, pero si notaba algo que agravase el dolor, parase. El dolor empeoró durante unos días”), la importancia del trabajo en solitario tanto para bien (“Me permite regularme las tareas”) como para mal (“Si estuviese trabajando para alguien…seguramente ya estaría despedido”) o las preocupaciones de sus capacidades futuras (“¿Seré capaz de hacer esto cuando tenga 60 años?”).

Resulta muy llamativo el papel del jefe a la hora de colaborar con el departamento de salud laboral (“Vi que mi médico del trabajo y mi jefe sólo se comunicaban vía email”), sus concepciones acerca del dolor (“Tranquilo, te compraré una silla nueva y ya está”), la sobreprotección antes comentada (“Mi jefe es muy bueno, si ve que no puedo hacer algo me dice: déjalo estar”) e incluso la influencia que tiene el que el mismo jefe haya tenido experiencias similares de dolor (“Tengo suerte de que mi supervisor haya tenido problemas de espalda como yo para que sepa lo que se siente”).

Así también, el papel de los compañeros es crucial. Tanto es así, que los trabajadores llevan mejor un consejo o una modificación en el trabajo cuando ésta proviene de sus colegas que si la fuente es el jefe o el personal sanitario.

¡Dejemos que hablen!

El Dr. Paul J. Watson es profesor de manejo del dolor y rehabilitación en el Departamento de Ciencias de la Salud de la Universidad de Leicester (Reino Unido) y presentará su ponencia Integrando los factores psicosociales en la fisioterapia del dolor en el próximo congreso internacional de la SEFID.

Nota del editor: como he tenido la suerte de ser el encargado de revisar y publicar esta entrada de Moisés Giménez, voy a aprovecharme y contaros que las ilustraciones (porque alguno nos lo ha preguntado) también son suyas. La del dolor lumbar creo que es especialmente buena, por muchos motivos.

  1. En España, la jerarquización estricta de la relación laboral (el tremendo distanciamiento entre jefe y empleado se toma casi como norma y medida de seguridad a la vez), la calidad de la atención en las mutuas laborales, muchas veces conducida por criterios no demasiado profesionales-sanitarios, y el abuso de la rumorología como fuente de conocimiento, me temo que pronuncian aún más estas situaciones.

  2. Por alusiones, como trabajador de mutua, entro en el tema.

    Primero, lo que me parece más importante es lo que comenta Moisés. En los servicios de prevención (recordemos que la inmensa mayoría se escindieron de las mutuas laborales por imperativo legal) no existe la figura del fisioterapeuta (con la excepción del propio Moisés, que debe ser el único en toda la comunidad). Y eso no debería haber pasado sabiendo que en las mutuas, si algo hay, son fisios. Pero el primer escollo es bastante obvio: existen las especialidades de “Empresa” tanto en medicina como en enfermería, pero no en fisioterapia: nosotros seguimos viendo pastar a las vacas (en un sentido académico).

    Vaya por delante que quiero mucho a los dos enfermeros de empresa con los que trabajo, que son muy buenos profesionales, pero en cuanto a patología del aparato locomotor, por sobreesfuerzos o movimientos repetitivos (que son una parte importantísima de las consideradas EP, o enfermedades profesionales), pueden hacer más bien poco. Tanto a nivel de tratamiento (del que no se ocupan) como a nivel preventivo: los cursos que imparten, en mi opinión y en la de muchos usuarios, no sirven de mucho, más allá del manido “doblen las piernas y no la espalda” y “acerquen los objetos pesados al cuerpo”. Y si fuera porque representa un porcentaje pequeño de la patología laboral, perfecto, pero es que es justo al contrario. Harina de otro costal son las enfermedades profesionales causadas por productos químicos, exposición a determinados agentes, etc. Ahí enfermería tiene mucho trabajo que hacer. Por poner un ejemplo, es lógico que enfermería “explique” los riesgos de exponerse a ciertos gases y la manera de protegerse en el trabajo, y que fisioterapia explique la manera de cuidar su espalda u hombros en una cadena de montaje. No veo que haya ningún problema en eso, sino todo lo contrario.

    A nivel de conocimientos, la balanza se inclina claramente a los profesionales que nos dedicamos a esto el 90% del tiempo, los fisioterapeutas, pero desde un punto de vista legal, académico y empresarial, tenemos el problema de siempre: no existimos.

    Salvo que este tipo de artículos llegue a manos de algún responsable de RRHH de algún departamento de prevención, se avanzará poco o nada en los próximos años.

    Eso si, se conocen algunos casos (muy pocos) de grandes empresas que tienen fisios en plantilla, pero no como Google que se dedica a hacer masajes a los informáticos, sino industrias en las que los fisios trabajan codo con codo con los ingenieros, modificando las líneas de producción en función de las lesiones más frecuentes.

    Pero claro, es una iniciativa de esas empresas (generalmente extranjeras) y no de un nicho laboral que estemos ocupando actualmente, que sería el “hábitat” natural de desempleo de la labor del fisioterapeuta.

    Por otro lado, como comenta Carlos más arriba, en las mutuas laborales españolas (ahora ya hablamos de las de toda la vida, en su apartado asistencial), el tratamiento del dolor crónico puede resumirse con la estrategia futbolística “patadón p’alante”. Es decir: se le dice al paciente que es un problema antiguo y se le deriva a la Seguridad Social, lo que, además de faltar a la verdad, es contrario a la ley ya que “todo proceso antiguo que empeora con la actividad laboral” se considera laboral, como bien indica la inspección de trabajo de manera diaria en sus resoluciones.

    Así que suponiendo que el paciente continúe en la mutua para ser tratado, pasamos al segundo apartado: el tratamiento consistirá (y hablaremos del dolor lumbar por poner un ejemplo conocido) en una primera fase en la que se le pautará reposo y AINES (más inyecciones de Inzitan u otros) y, pasados 15 días (o una semana), de no haber mejoría, entonces se le remite a fisioterapia. Será entonces, pero no siempre, cuando se le empiece a recomendar reanudar la actividad física lo más normalizada posible (que al contradecir la indicación inicial del médico, no suele ser bien recibida).
    Además, el tratamiento, si viene pautado desde el Rehabilitador (cuando lo hay) consiste en, básicamente, electroterapia y ejercicio (os acordáis de los ej. de Williams?), con honrosas excepciones, de la misma forma que a veces se recomienda al paciente mantener la actividad y no utilizar una faja, aunque no es lo normal.

    Tema aparte son las pugnas mutua-empresa-paciente. Porque las empresas les dicen a sus trabajadores “No vuelvas hasta que no estés al 100%” pero siguen llamando a la mutua para interesarse (lo que es ilegal y puede denunciarse a la AEPD) o para presionar a los directivos/ médicos para acelerar el proceso de alta (coacción asumida por la mutua, y que suele tener más efecto cuanto mayor es la empresa en cuestión).

    Además, en muchos casos se aprovechan las bajas para despedir a trabajadores antiguos, problemáticos o con problemas de salud crónicos (es legal, siempre que lo paguen como improcedente), de forma que el paciente pasa a cobrar su subsidio a través de la mutua: otro impedimento para terminar el tratamiento, ya que el día que dejas de estar enfermo, dejas de cobrar. Convertimos problemas laborales en problemas de salud y viceversa.

    Si los criterios de alta no son lo más objetivos posibles, sino que se basan en criterios económicos (moralmente criticables o no), es lógico que nunca se alcancen soluciones óptimas.

    Así que está en manos de las autoridades sanitarias hacer algo o mantener un sistema que, además de no funcionar, nos cuesta muchísimo dinero año tras año. A mi por lo menos me parece obvio que hay un problema. Parece que a los gestores, no.

  3. Muchísimas gracias a ambos Carlos (vuestros comentarios son más interesantes que el propio artículo).
    Añado que algo que siempre me ha chirriado en su planteamiento es la figura del ergónomo. Hace unos años me aventuré en sacarme el título y bueno…usaré el término “decepcionante”, que es el más diplomático que me viene a la mente. Escuela de espalda, movimientos repetitivos, siéntate así, siéntate asá… Aish, que escalofríos me dan de recordarlo. Y para rematar la faena, le añadimos psicosociología, que no nos cabe en otra parte.
    ¿En la práctica? Me llevo muy bien con mi compañero ergónomo y psicosociólogo. Si hay que aconsejar al paciente, dar cursos y demás, pues me encargo yo. Si hay que comprar una silla nueva, se encarga él.

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